Entre las fotografías que componen la serie el espectador encontrará, efectivamente, una imagen exterior del CIE de la Zona Franca, y no sabrá distinguirlo de otras edificaciones similares presentes en el entorno. Su nombre, inscrito en la fachada, no es legible en la fotografía, como consecuencia de la distancia que tuve que tomar, increpado por los policías a alejarme del lugar.


El estatuto de estos centros es problemático: no son prisiones, pues las personas allí internas no han cometido delito alguno, pero son lugares de reclusión y confinamiento. Estos campos son, sin lugar a dudas, y a pesar de su aparente invisibilidad, la expresión más clara de hasta qué punto el impulso normativo y la actividad legisladora de la Unión Europea atenta contra el derecho de las personas a migrar o, más aún, deja “en suspenso” -a modo de estado de excepción- los derechos de las personas allí recluidas. Y sin embargo -¿una vez más?- todo ello sucede bajo el amparo de la ley: todo el despliegue de normativas  que regulan tanto la existencia de estos centros como los restantes mecanismos de control fronterizo nos revelan que el proyecto de la Unión Europea es, en primera instancia, un dispositivo, entendiendo como tal aquello que Foucault definiera: “un conjunto decididamente heterogéneo, que implica discursos, instituciones, ordenamientos arquitectónicos, decisiones reglamentarias, leyes, medidas administrativas, enunciados científicos, proposiciones filosóficas, morales, filantrópicas; en resumen: tanto lo dicho como lo no dicho (...) El dispositivo mismo es la red que se puede establecer entre esos elementos.” Como apunta Judith Revel, “se trata tanto de discursos como de prácticas, de instituciones como de tácticas móviles; de tal modo, Foucault llegará a hablar, según los casos, de “dispositivos de poder”, “dispositivos de saber”, “dispositivos disciplinarios”, “dispositivos de sexualidad”, etcétera.”


En “Medios sin fin. Notas sobre la política”, Giorgio Agamben afirma: “lo que los Estados industrializados tienen ahora frente a ellos es una masa residente estable de no-ciudadanos, que no pueden ni quieren ser naturalizados ni repatriados”“la supervivencia política de los hombres sólo es pensable hoy en una tierra donde los espacios de los Estados hayan sido perforados y topológicamente deformados de aquella manera y en que el ciudadano haya sabido reconocer al refugiado que él mismo es.” Y en otro lugar: “El campo de concentración es el espacio que se abre cuando el estado de excepción empieza a convertirse en regla.”

UNA CONVERSACIÓN CON EL JEFE DE LA BRIGADA PROVINCIAL DE EXTRANJERÍA Y FRONTERAS DEL CUERPO NACIONAL DE POLICÍA, SEGUIDA DE ALGUNAS CONSIDERACIONES FINALES.

Tras varias gestiones destinadas a poder visitar el Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) de la Zona Franca, todas ellas infructuosas, el comisario Ramón Alguacil me recibió en la comisaría de la calle Balmes, una tarde del mes de febrero del 2011. La conversación  que allí mantuvimos no fue grabada, pero el autor da fe de que en la reconstrucción de la misma que aquí se ofrece, se han respetado no sólo el orden y los contenidos, sino también el tono y la forma en que se trataron.  Nada más llegar, el comisario Alguacil me preguntó a qué venía mi curiosidad por un tema tan concreto como el de los Centros de Internamiento de Extranjeros, y le expliqué cómo, al documentarme para preparar una conferencia sobre inmigración, supe por primera vez de su existencia, pues antes no había oído hablar de ellos.


R. Alguacil: Ocho en territorio español: Málaga, Algeciras, dos en Madrid, Tenerife, éste de Barcelona...